Extracto de la novela: Departamento 314

4: Incomodidad

 

El ambiente avinagrado entre deseos incumplidos, no mejoraba. Los asistentes seguían recelosos de las palabras de Alejandro, náufragos en sus pensamientos que nada se relacionaban con la historia en desarrollo. Absortos en sus propias conjeturas emocionales, seguían de igual forma con atención en ralentí, las palabras que escuchaban.
—Siempre me ha gustado clasificar e inventar estadísticas, donde muchas veces ni las hay y de una manera extraña, me vi en la obligación de realizar un listado con la importancia de mis cercanos y en un principio, mi idea original fue máximo cinco personas. Pero bueno, nada resulta como uno espera. Ya resuelto, me mentalicé en que a esta cita solo tendrían lugar las diez seleccionadas. Una completa estupidez, comprenderán, pero no supe elegir voluntariamente y el tema me complicó. Al final, son ocho, porque no pude dejar afuera a alguno de ustedes o meter a algún otro porque sí. Como es obvio, para mi constante ruptura de encuadres como yo le llamo, tuve que manipular las estadísticas para que los resultados me satisficieran. Un proceso torpe, pero útil.
Alejandro dio un profundo respiro, ni a bien comenzar ya se sentía jadeante. Sus piernas la temblaban y le picaban las partes más insólitas del cuerpo como si un bicho rondara por sus poros. Le dedicó una mirada a cada uno de los invitados, se rascó la sien izquierda con el índice de su mano izquierda y al terminar de rellenar su vaso de líquido celeste con la derecha, dejó la jarra a un lado y continuó su relato:
—Disculpen estos rodeos eternos. Quería dejarles en claro y que estén seguros, que su presencia aquí no es casualidad. No sé cómo transmitirles esto de otra manera. Me alegra que hayan venido todos. Soy sincero, no lo esperaba.
Tomó aire, ensanchando sus pulmones con respiración abdominal extensiva al máximo. Su voz siguió en funcionamiento, como si el botón de encendido fuera apretado de imprevisto.
Baltazar pensaba en el para él bufón Tiamat Avner y su monstruosidad recalcitrante, pero sus ojos iban de Beatriz a Alejandro y de Alejandro a Alfredo, de este a Leonardo y de Leonardo a Alejandro. Alicia se relajaba en el recuerdo mental, deambulando como una vez lo hizo en los oasis públicos con Carmen y su hijo. Éramos felices pensó. Carlo se repetía que su primo podría ser más breve y directo, evitando tomarse en serio la situación. Puedo ser un borracho que fuma y que pierde el balance, pero al menos, todavía pienso. Sonrió para sí. Quería festejar. Alfredo pensó: yo soy la resistencia contra la opresión. En su mente se encontraba organizando planes caóticos para su próxima ida a algún urb cercano y recordar cómo se vengó de aquel temido rottweiler que masticó su dedo y se tragó su jugosa carne frente él. Burlándose, el animal se refregó esa larga lengua canina en los bigotes al terminar se festín. Como buen depredador, se fue tranquilo y despreocupado en una dirección a buscar a su jauría, satisfecho de la merienda. Sin embargo, en otra ocasión posterior, Alfredo volvió al urb a buscar al perro entre los escombros callejeros. Lo encontró entre basura, lo durmió con drogas insertadas en embutidos y una vez manso el can, lo ahorcó en el espacio público a vista de los transeúntes. Colgado, con un gran cuchillo dentado militar, Alfredo le rajó todo el abdomen de eje a eje y las tripas del can surgieron hacia afuera. Él se fue del lugar creyendo haber resuelto el conflicto animal, cuando alcanzó ver a lo lejos, como un vagabundo ponía una tinaja de pintura vieja abajo del perro colgado, saboreando con su mirada de placer alimentario lo que caía del cadáver. Cada vez que Alfredo pensaba en esta experiencia extrema, tocaba el espacio vacío de aire que dejó la amputación de su meñique izquierdo.
Leonardo se preguntó si se habrá acordado de poner el candado digital a su querida bicicleta, en aquel estacionamiento recién inaugurado en el que un robot las retira en la superficie y las baja a una bodega de 20 pisos hacia el subsuelo para distribuirlas y clasificadas. ¿Le habré puesto el código? Descendiendo en ese entuerto mental, se tocaba el bolsillo para verificar si aún llevaba la tarjeta magnética de seguridad. En esos servicios, todo era automatización que se le hacía demasiado modernidad para un hombre de letras y cine, pero son estacionamientos seguros se prevenía como repetía la publicidad y terminaba por convencerse en un múltiple diálogo interno de idas y vueltas, pero fácil resolución. Beatriz no podía sacarse de la cabeza a los enfermos de las epidemias psíquicas con los que tuvo que lidiar hace unos días y apretaba sus puños escondidos en su tenida, temerosa de que alguna vez esa irracional afección la alcanzara y borrara su conocimiento. Estaba en blanco y en un trance de abstracción. Inmóvil, era la única sentada. Claudia cargaba con una desazón palpitante entre presencias inquietas y sentía incómoda, que su útero en pleno período menstrual, iba a reventar. Analizaba lo que le rodeaba, como si los gestos ajenos fueran marcos de tensión. Ella creía ser la única mujer que valoraba la intimidad como el dueño de casa y en cuanto a su relación con Alfredo, él solo aseguraba que era la indicada. Que solo ella le correspondía sus ególatras principios del amor. Claudia se acordó que tenía el tapabocas y los guantes puestos y se sacó ambos accesorios de manera instintiva, mientras tuvo un recuerdo pasajero de aquel último xenobot que tuvo por mascota. Aparte, en el pasado, siempre le llamó la atención el rico librero de Alejandro y trataba de descifrar en los títulos y en los autores de los lomos, alguna clave para entender que estaba sucediendo en ese momento en el departamento 314. Luego de la prohibición de imprimir libros de literatura a nivel industrial, los libros se convirtieron en extraños objetos de culto y alto valor comercial. En esa lógica, el dueño de casa parecía un afortunado acaudalado. Quién lo diría. ¿Estará la respuesta de esto que está pasando en esos libros robustos y multicolores? se preguntó Claudia y le dijo con tono amable a Alfredo: —Me gusta más la chaqueta azul con pantalones oscuros, que ésta café con pantalones de oficinista—. Él se miró de arriba abajo, hizo una negativa con su cabeza y levantó la vista.
—Bueno, sigo con el cuento —dijo Alejandro forzando un amable clima discursivo. —Cuando me remonto a lo que me han dicho y que apenas recuerdo, es que siendo un niño pequeño era de los juguetones, arrebatado y alegre.
—Eras bonito —interrumpió Alicia. Nadie pareció escuchar el sonido de esa voz proferida por la madre y la voz de Alejandro siguió sonando de fondo. —Poseía en mi fuero interno un latente temor que me perseguía a diario ante la presencia de Phillipe y sus formas destructivas. Era un horror, su agresividad no daba tregua. Creo que esa violencia vivió en mí desde esa edad en adelante. Creo que en gran parte convivir con esa violencia fue lo que me vinculó al conocimiento, como un catalizador. Crecí batallando por la pérdida en la cultura y la valoración irrisoria que el poder del intelecto alcanzó. De pequeño, me hice cargo de rocas ideológicas que no hacían ninguna diferencia en un mundo que avanzó paulatinamente, hacia su propia aniquilación. Una crisis moderna en la que ningún individuo por si solo es capaz de detener la vorágine. Mientras crecí, pensé que nadie pensaba, que nada se evaluaba o nada se discutía. Comprendí de adulto y con el pasar de los años, que lo razonable dejó de ser un aspecto influyente en prácticamente todo ámbito del quehacer. Ese fue el origen de mi mal camino. Partiendo de esa decepción, avancé en frustraciones que no pude contener.